sábado, 17 de diciembre de 2011
Quiero...
No preciso nada, ni deseo festejar como hace un año. Quiero encierro, necesito mucho silencio, y la calma apenas necesaria para no llamarte en las madrugadas. Una vez más no deseo pastel de cumpleaños, ni tarjetitas cursis, ni el perfume que tanto nos gustaba. Ya no necesito un lanzallamas, ni el combustible necesario para flamear todo mi pasado. Hoy he aprendido a incinerar rústicamente todo lo bueno y todo lo malo, porque soy un experto boicoteándome.
Quiero que tu ausencia se difumine con el alba, que tus ojos ya no destellen en mis sueños, que mis labios dejen de añorar la tersura de tu espalda. Quiero exiliar los suspiros que me atormentan cada mañana, cuando descubro uno de tus cabellos entre las sábanas. Quiero que tu ausencia no torture mis momentos malos, que ya no siga latigueando mis pestañas hasta altas horas de la madrugada.
Y también quiero que mis besos se queden tatuados en tu memoria, que sean invisibles al tacto pero grandilocuentes en tu imaginario. Quiero que no olvides mis escasas risas, ni la pésima voz con la que cantaba en el baño. Hoy deseo que mis “te quieros” figuren en tu colección de momentos memorables. Y deseo, por el bien de ambos, que un día mires atrás y recuerdes con un poco de bondad a este tipo arrogante que nunca supo valorarte.
Otra vez quiero paz, quiero cielo, quiero otra canción que me recuerde que soy la suma de mis defectos, el recuento de pellejos, un armazón de esqueletos y un corazón en fragmentos. Ya no quiero un lanzallamas, me conformo con este libro de poemas que me regalaste para leer en voz alta mientras prendía fuego a todo lo que me ha dado más tristezas que momentos buenos.
Quiero que mis defectos no te hayan hecho tanto daño, o al menos que no dejen secuelas duraderas. Y también espero que no le guardes rencor a este imbécil por reservarse el derecho a una segunda oportunidad, porque “este adiós no maquilla un hasta luego, este nunca no esconde un ojalá”. Y deseo que cada 27 de noviembre sólo me obsequies una plegaria por la salvación de mi alma, que no sé hasta cuándo encontrará la paz que tanto ando buscando. Quiero cerrar los ojos con tranquilidad y pensarte con agrado mientras prendo fuego a tus cartas, a tus fotos, a tu aliento en mi oído, a las postales en que nos abrazábamos. Sólo quiero cerrar los ojos con calma, escuchando tu voz como un susurro que me dictaba los más sinceros “te amo”. Quiero, sólo quiero, que tu ausencia se difumine con el alba.
Tengo la suerte de esta terapia temprana, algo rutinaria o quizá malacostumbrada. Tengo las palabras como remedio contra las resacas. Tengo las ganas de seguir caminando para ya no vagabundear en círculos eternos. Tengo el don de escribir con el alma en vilo y el corazón entre los dedos. Tengo algo de poesía aún reservada, pero igual poseo las ganas de que mis metáforas sean menos desafortunadas. Tengo menos entusiasmo por escribir, pero me ganan las ansias de exorcizar todos mis fantasmas. Tengo menos paz, tengo menos cielo, pero busco tranquilidad en algunos recuerdos. Tengo algo de bondad, aún, bajo los párpados. Y tengo silencios, malhumor, azoro, incredulidad, suspiros, ansiedad, algunos insomnios, demasiadas dudas, un ejército de miedos. Tengo oscuridad, enojo, una canción que no quiero escuchar, este epitafio que ya acabé de pulir, manchas de carmín en una toalla, el resonar de tus tacones en la memoria, polvo bajo la cama, humedad en la regadera, un gato nocturno que visita el techo de mi casa, aquel gallo que canta a deshoras, el ruido que se cuela por la ventana. Tengo poca fe, mucha sed y escasa esperanza en el futuro. Tengo una multitud de incertidumbres amotinándose, un catálogo de rencores, un espejo que refleja verdades, aquel retrato que nunca enmarcamos, la fotografía que olvidaste en un libro de Benedetti, los ecos de tu risa atormentándome. Tengo deudas, hojas en blanco, proyectos inconclusos, una medalla sin honor, recibos de luz atrasados, facturas por liquidar, un montón de trastes en el fregadero, polvo en los rincones de mi casa, poca emoción ante el porvenir y escaso brillo en la mirada. Tengo ángeles y demonios danzando en mi cerebro. Tengo tu ausencia y no deja de pesar. Tengo demasiadas pendejadas en la cabeza, y este frío que cala en los huesos. Tengo abrazos de mi madre que siempre son abrigables, tengo la ternura de mis hijos, tengo hermanos solidarios, tengo un padre innombrable, tengo una legión de dioses imperfectos, tengo oraciones a destiempo. También tengo el presente hecho ruinas. Tengo este adiós que se está marchitando. Tengo pocos deseos para mi cumpleaños. Tengo ausencia de poesía en el buró de la recámara. Tengo ganas de clausurar mis palabras. Y a pesar de todo lo que tengo, sólo parece contar este vacío que siento en el costado izquierdo. Por eso es que Jaime Sabines me recuerda que mis insomnios son animales salvajes devorándome sin remordimientos:
“Yo ya no quiero, no, yo ya no quiero
seguir todas las noches vigilando
cuándo voy a dormirme, cuándo.
Yo lo que quiero es que pase algo,
que me muera de veras,
o que de veras esté fastidiado,
o cuando menos que se caiga
el techo de mi casa un rato”.
viernes, 2 de septiembre de 2011
~
He visto mi reflejo en los charcos cercanos al desagüe y tuve arcadas de bilis en el lavabo y la resaca más reciente me ha estremecido cualquier mañana. Mis borracheras ya no curan nada, no resuelven mis crucigramas.
He recorrido el filo de tus abismos y el vértigo en definitiva no es solidario conmigo. He añorado de manera excesiva tus besos, pero hoy no estoy curado de las náuseas del pasado.
He caminado bajo la lluvia de agosto, anegado por pensamientos fúnebres. Y me he vestido de negro, perfeccionando mi epitafio, pero al final he sobrevivido a mis delirios más catastróficos.
He necesitado de paciencia para encontrar salidas de emergencia y he dinamitado las pruebas de mis anteriores excesos. No creo en esas tonterías de “ni ángel, ni demonio”. Yo he sido malo y he sido bueno, a secas, sin frases hechas. He estado preso, me sentí confundido, enloquecí un poco, me reconcilié conmigo mismo y aún me falta hacer las paces contigo si es que te he ofendido.
Me caí de algunos altares, decepcioné a demasiadas personas, aún estoy en deuda con otros y aún hay quienes me extienden crédito. Pero no he quebrantado códigos de honor, ni he dañado a nadie que no se lo haya merecido y mucho menos he traicionado mis principios.
Me he maldecido por no seguir los patrones establecidos y he renegado de no ser un tipo ordinario, pero nunca me he arrepentido de ser un hombre que se rige por sus propias reglas y no acepta imposiciones, ni se resigna a los lugares comunes.
He perdido apuestas sin sentido y debí pagar por errores cometidos, pero nunca he puesto en juego mi honorabilidad. Soy un pésimo apostador, la suerte no es mi mejor aliada, pero al menos el diablo no ha modificado las cláusulas de nuestro contrato. Tampoco me puedo quejar de que me hayan engañado. No hay truco posible cuando tú mismo has sembrado de minas antipersonales el sendero hacia el purgatorio.
He llegado a fronteras sin palabras de bienvenida, he acumulado polvo bajo mis viejos tenis y tengo suvenires que me recuerdan lo mucho que añoro atardeceres lejanos. Tengo un corazón a prueba de simulacros, no inflamable y sí incendiario. No creo en postulados románticos pero mi lado menos cursi a veces ni se da por enterado. Y es entonces que he sido atacado por mis flancos más débiles, esos que son invadidos por los lanceros de una mujer hermosa. Carajo debería conformar un ejército de insensibilidades para contrarrestar a los armeros de los detalles, a los arqueros de las caricias espontáneas. Uno nunca está preparado para soportar los embates de la sinceridad. Pero siempre es preferible una chica imperfecta, que una perfecta idiota.
¿Cuál hormiga soy yo de estas que piso?
¿Qué palabras en vuelo me levantan?
domingo, 21 de agosto de 2011
Sin titulo ni tema en especial...
Aquí no hay lugar para sonrisas. Un televisor encendido repite las noticias de todo el día. No creo en las promesas de un país mejor. Esta tarde vi a un anciano hurgando en la basura y no supe reaccionar. Maldije la vida y también la muerte. Saqué de mis bolsillos los únicos 25 pesos que me traía y se los di al viejo. El tufo a alcohol barato me inspiró desconfianza. Quizá debí comprarle una torta. Soy demasiado torpe en un mundo tan poco práctico. Enseguida comenzó a llover, así que me refugié a la puerta de un banco. Aquel sujeto se alejó con la misma prisa que mis sueños adormecidos. Una infinita tristeza se colgó de mis hombros. Nada me da esperanzas, reniego de todo, aborrezco mi vida y quisiera hundirme en mis silencios. Estoy más solo que ayer y menos triste que mañana. Una canción me recuerda tu ausencia:
“La melancolía de la tarde
me ha ganado el corazón
y se nubla de dudas.Son esos momentos
en que uno se pone a reflexionar
y alumbra una tormenta.Todo es tan tranquillo
que el silencio anuncia el ruido
de la calma que antecede al huracán”.
Los Auténticos Decadentes suenan más apropiados que nunca. Sé que estas palabras podrán sonar huecas, harto vacías, pero no tengo mejor forma de confesar que siempre he sido un idiota sin remedio. Soy demasiado torpe para valorar lo que tengo, para cuantificar lo que poseo.
“De repente no puedo respirar,
necesito un poco de libertad,
que te alejes por un tiempo de mi lado,
que me dejes en paz.Siempre fue mi manera de ser,
no me trates de comprender,
no hay nada que se pueda hacer.Soy un poco paranoico, lo siento”.
Me he condenado a perder todo lo que vale la pena: una sonrisa contagiosa, la ternura en los ojos de un niño, aquel libro de Bukowski autografiado, el amigo de la infancia que no he visitado, los consejos de mi madre, un amanecer sin tristezas, la pasión por lo que hago, el gato de peluche despeinado, las canciones que alguna vez me conmovieron y las noches recorriendo una geografía de deseos. Soy demasiado torpe para recuperar lo que he hecho a un lado.
“Al ratito ya te empiezo a extrañar,
me preocupa que te pueda perder;
necesito que te acerques a mí,
para sentir el calor de tu cuerpo.Un osito de peluche de Taiwán,
una cáscara de nuez en el mar,
suavecito como la alfombra de piel,
delicioso como el dulce de leche”.
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Coincido con Andrés Calamaro cuando dice que:
“sólo estoy solo y buscando
a alguien que me está esperando,
que me entienda y si no me entiende,
alguien que me comprenda,
alguien para recordar
de memoria cuando estoy de viaje,
cuando estoy muy lejos
y soy un vagabundo y camino bastante
alrededor del mundo,
pero quiero volver a mi casa,
a alguna casa
para encontrar a esa princesa vampira,
que respira, que respira y me mira”.
Alguna vez tuve besos tibios y una mujer que se vestía bien, que le gustaba lo mismo que a mi... que me encantaba y la adoraba, pero ahora sólo es un suspiro. Extraño sus ojos como destellos y me odio por ser tan pendejo. Soy cliente frecuente del desconsuelo. Y mi propio yo me mira desde el espejo y no me reconoce por completo. He bajado un par de kilos, desayuno poco. Los trastes se enmohecen en el fregadero, el póster de mis peronajes favoritos ya no sonríe, tus globos aun continuan con su brillo, y mis tenis ya se caen de viejos. Soy tan torpe que me he especializado en lamentos. Me quejo de todo, aborrezco lo que no comprendo, detesto lo que no controlo. Disculpen la torpeza, pero sucede que estoy deprimido, agobiado por la muerte de un ser querido, y me cuesta trabajo pensar con claridad. De pronto me siento como un niño, me dominan mis caprichos, me abruman los compromisos. Dependo en extremo de mis estados de ánimo, que suelen ser igual de frágiles que una balsa de madera. Y naufrago en mis desvelos. Y desvarío con mis recuerdos. Y añoro los besos en la madrugada. He hecho un pacto con mis demonios internos, sólo que no lo han respetado. No estoy en paz con los dioses, ni en guerra con mis ángeles, sólo pasa que soy demasiado débil para pactar las treguas. Espero que sólo sea una mala racha, porque no creo aguantar tanto. Mis palabras sonarán confusas, con ganas de no decir gran cosa, quizá sea tiempo de reiventarme. Me siento cansado, agobiado por mis miedos, no sé que pasará mañana, y mientras tanto deberé lidiar con mi torpeza.
sábado, 20 de agosto de 2011
Al amor.
¿Tengo que aceptar el presente?, Creo que la mencion adecuada seria -"Debo aceptar el presente"-, sin embargo el cafe y la noche no son buenos socios con los cuales platicar...
Recien he visto un Video de David Angel Revilla, en el cual hablaba sobre el termino de las relaciones amorosas -Vaya chingadera!!- Exclame, su"sarcasmo" que maneja es tan "culero" como un balde de agua fria en tiempos de invierno, pero lamentablemente es cierto.
¿Que mas me queda?, ¿Seguir siendo el tonto que lucha por la damisela feliz?, Te he pedido tu amistad, ¿por que no intentarlo?, // Intentemoslo!, veamos si puedo soportar estos tiempos...
Se que tu te diviertes mientras yo sufro
Se que tu derrochas miel, cuando las lagrimas corren por mis mejillas
Se que mientras yo estoy enamorado, tu tambien lo estas... pero de alguien mas
El rencor no existe, no puedo tenerle rencor a la mujer que amo...
Simplemente prefiero tragarme mis sucias palabras o escribirlas en este pequeño espacio.
BUENA SUERTE AMOR MIO
Quiza este llorando... Pero me alegra que estes feliz
Quiza este gritando... Pero me alegra el saber que haras cosas que te haran sentir de maravilla a su lado.
Quiza me duela... Pero se que la felicidad esta de tu lado, y solamente te queda continuar la vida, divertirte, y ser feliz, Es lo unico que te deseo :).
Solo queda aquella cancion que tendre en mente durante mucho tiempo:
"A placer,
puedes tomarte el tiempo necesario,
que por mi parte yo estaré esperando
el día en que te decidas a volver
y ser feliz como antes fuimos.
Se Feliz Amor mio..
Aqui estare esperando, sere una persona totalmente diferente el dia en que decidas regresar, te estare esperando con el ramo de flores mas bonito que puedas ver, y sobre todo, con el perdon del pasado...
Dicen que el perdon es el rostro mas honesto del amor, y si de honestidad se trata, creo que ya estoy empezando en este mismo momento...
jueves, 18 de agosto de 2011
La Ciudad
Una señora de las Lomas mira con asco a la anciana que pide limosna. Un auto de lujo se detiene la esquina y aquel viejo ejecutivo hace guiños a un menor de edad. Ah, esta ciudad obscena, tan maquillada de lujuria, que no tiene un monumento a la ternura, ni una embajada de la bondad o su universidad de la poesía
Esta urbe es ubre que destila nuestras locuras, tanta podredumbre. Esta ciudad intoxica con su tufo a mujer ebria, con su aroma a cloacas corroídas, con su perfume de furcia barata. Y mi calle está llena de baches, de alumbrado tuerto, y hasta hay una cruz en la acera de enfrente que recuerda la muerte fulminante de no sé cuántas esperanzas.
Este asfalto nos conducirá algún día a la locura de tanto esperar por lo que desesperamos. Estas calles vacías de piedad, abundantes en pesadillas, delirantes de gritos que desgarran una madrugada de balas, de miedos a medio morir.
Una oración no te salvará de las ráfagas, ni te aislará del ulular de las ambulancias que rasgan el alba y empañan los ojos frente a la sala de urgencias. Un adolescente-casi-niño se debate entre la vida y la muerte por el fuego cruzado, por la ineptitud de un presidente que suele confundir las condolencias con los discursos desgastados.
Y un pordiosero husmea en los botes de basura, mientras aquel senador se prueba unos zapatos obscenamente finos o un diputado pide el platillo más caro en la terraza de un restaurante con vista a la catedral. Y las miradas de ambos se encontrarán en el crucero y no hallarán puntos en común porque al menos el mendigo reflejará más humanidad que el méndigo de corbata italiana.
Las campanas de aquella iglesia lejana tampoco sonarán a bálsamo para la joven prostituta que fue engañada con promesas de amor, con promesas que se volvieron bestias tras los ojos de aquel hijo de puta que le recetó mil golpes para clausurar las lágrimas. Y una madre morena imaginara que su hija se fue del pueblo para sufrir menos o quizá ganar un poco más en esta pésima apuesta que era su vida. Y en el olvido quedarán los días en que esa pequeña sonreía mientras correteaba las gallinas. Y llegará el momento en que su hermanito, calzado con unos tenis que le quedan grandes, dejará de preguntar por la chica que cantaba con él mientras buscaban un poco de leña seca. Y no habrá llanto suficiente que alivie tanta injusticia, tanto dolor, ese rencor, la nostalgia por la muerte, las ganas de abrazar a mamá en busca de consuelo.
Además no hay dioses suficientes para atender tantas plegarias o el exceso de oraciones llegadas desde este páramo tan lejano. No, no hay veladoras que valgan, ni rezos que invoquen cielos, mucho menos agua bendita que colme la sed de los que más necesitan. En definitiva, escasean los dioses. Y peor aún, los ángeles de la guarda no trabajan horas extras ni en días feriados.
Esta escuela del terror que nos depara una graduación de la degradación. Esta tierra que ya no es húmeda, ni despide olor a lluvia, sino a frío que cala el alma. Esta postal grisácea tan llena de esmog y hormigón, tan sobre maquillada de grafitis, tan carente de calor o color que ilumine los pasos extraviados.
Ahhh, maldita y asfáltica ruta hacia la desolación. Tremenda avenida de los desesperados, inmensa vía que conduce a todos los sitios y a ningún lado. Caótico callejón tan lleno de oscuridad, tan poblado de gatos con ojos de fuego y uñas que rasgan tu peor superstición.
Y es amor y es odio lo que conviven en tu corazón cuando miras los ojos vidriosos de esta ciudad en llamas, de esta urbe que seduce con una pasión malsana. No por nada Efraín Huerta fue tajante en su poesía:
“¡Los días en la ciudad!
Los días pesadísimos
como una cabeza cercenada
con los ojos abiertos.
Estos días como frutas podridas.
Días enturbiados por salvajes mentiras”.
No por nada, quienes vivimos aquí, hemos establecido una relación enfermiza, codependiente, con esta amante que tiene corazón de neón, alma incandescente. Deberíamos de huir y dejar de sumergirnos en el Metro que tanto aborrecemos. O arriesgarnos a que un buen día el forense dibuje con tiza nuestra silueta en el suelo.
miércoles, 17 de agosto de 2011
Aquellos Tiempos
Cuando el mundo era sólo un planisferio para iluminar, lo único que deseabas era terminar la tarea y salir a jugar con tus vecinos, con los primos que vivían en la misma calle. Y sacabas tu bonche de estampitas para jugar volados o soltar frases como “te cambio las repetidas”. Yo era realmente bueno para los volados. Y nunca me dieron un diploma por eso…
Todo te parecía genial, como tocar el timbre de la casa de la esquina y echarte a correr para luego celebrar la travesura. O ir a casa de tu mejor amigo a ver caricaturas y hojear los cómics de su hermano mayor o armar las retas en el PlayStation. Había un chingo de cosas en las que yo sobresalía, pero parecían inútiles en el mundo práctico. Pero yo sentía que algún dios excéntrico un buen día me lo reconocería. Cuando la maestra de español nos enseñó a hacer metáforas y me felicitó por mi “facilidad para escribir bonito”, entonces entendí que era el más inspirado de mi clase, aunque las matemáticas me jodieran el promedio. Y empecé a escribirle poemas a la más linda del salón. Y nunca fue mi novia, pero Andrea se sentía soñada. Yo la hacía sentir única. Siempre he logrado eso, que las chicas se sientan especiales. Y tampoco me han dado un diploma por eso. Una tarde en que una chava se robaba un libro del Sanborns, cuando aquello de hurtar libros tenia un aire romántico, me intrigó saber por qué alguien se atrevía a tanto. Y me puse a hojear esa antología poética y fue que descubrí a Jaime Sabines, a Roque Dalton y otros autores que mis compañeros de secundaria ignoraban. Desde entonces colecciono rimas y otras maravillas en forma de libros. Desde luego, no hay quien otorgue reconocimientos por eso.
Con seguridad, eso tampoco es meritorio de algún diploma. Y los años fueron transcurriendo más rápido de lo que hubieras querido, dejando atrás una estela de añoranzas. Cuando eres un nómada, siempre queda poco espacio en el camión de la mudanza para las amistades duraderas.
Hey, no sería mala idea plantarse frente al preciso para entregarle un diploma al más necio o al menos humilde y hasta por los discursos más inútiles en sexenios. Pero bueno, eso es otro tema. Y también he sido el feroz crítico de mis peores defectos, “el artesano de mi lado más malvado y el arquitecto de mis lados incorrectos” como dice Andrés Calamaro. Y también, siguiendo los preceptos de Andrelo,
Por empeñarme en sabotear mis mejores proyectos, por arrumbar algunos sueños, por tantos y tantos errores cometidos, por no escribir un libro de poesías, por la simple razón de que no me cuesta trabajo ser un idiota, por haber sido tan cretino en algunas relaciones amorosas. Sí, en definitiva, merezco diploma y medalla al más imbécil. Porque siempre lo he sido ante las mejores oportunidades de la vida, porque he perdido la capacidad de soñar, porque estoy extraviando la poesía en lo poco que escribo, nomás porque me queda perfecto el traje de cretino, y también porque me sobra arrogancia y suelo ser soberbio con los que me quieren sin reparos. Por eso y mucho más, bien podría ser considerado El imbécil del año... del presente y también del pasado.“soy inocente de tu lado más culpable,
pero el culpable de tu lado más caliente...
Soy vagabundo de tu lado más profundo
y por un segundo de tu cuerpo doy el mundo”.
Y aún así, no creo que alguien me tenga reservado un sitio en el cuadro de honor. Y me he especializado en esgrima verbal, soy maestro del sarcasmo, pero eso no califica para El hombre del año. Si de mezclar malicia con ironía se trata, creo tener la fórmula perfecta. Lástima que no se pueda envasar ni negociar con ella. Así que tendré que dosificarla, a cuentagotas. Y no espero medallas a cambio, me conformo con sus risas en las noches que hablamos por telefono. En resumidas cuentas, haciendo cálculos, bien merezco un diploma al más imbécil. Por todo lo que no he valorado, por no entregarme por completo a la mujer que quiero... Por no haberle dado lo que ella se merecia..
sábado, 6 de agosto de 2011
En caso...
En caso de un adiós no solicitado, sólo queda el consuelo de las canciones compartidas, los besos añorados, las sonrisas memorables en aquellas fotografías…
En caso de un despido injustificado, ojalá que tu amor errabundo no se estacione en el pasado. Más vale huir, correr en sentido contrario, ahogarse en tragos baratos, bautizarse en una nueva religión o cambiar de nombre en cada antro y quedarse callado mientras la pasión pasa de largo. En caso de un adiós precipitado empaca sólo lo necesario. Si se va ella, no te quedes a esperar que vuelva. Si te vas tú, mejor es que devuelvas las llaves porque cualquier noche tus pasos serán perros malacostumbrados. Si van ambos, sólo den diez pasos bien contados y entonces voltean al mismo tiempo y se apuntan con un dedo... y que el dardo del rencor haga impacto en sus miradas.
En caso de un adiós incendiario no prendas veladoras, apaga los suspiros, quema las cartas que hoy suenan falsas y dinamita las ganas que tengas de volver a esos besos. Y sí aún así te quedan resabios, será mejor que hagas cien planas con alguna frase lapidaria: “El amor es una bestia que tarde o temprano se vuelve en contra tuya” o algo así como “el amor es un instructivo para armar una trampa de osos”.
En caso de un adiós auto medicado no te recetes consuelos caducados, ni medicamentos similares para curar el olvido, mucho menos te inyectes esperanzas para un mañana con resaca. Y si la botarga del doctor Simi baila una canción que te recuerda algo, mejor cámbiate de acera para evitar la tentación de patearle el trasero.
En caso de un adiós sin poesía, recurre a las recomendaciones sabias del más sabio de los poetas.
“Sólo quiero una semana
para entender las cosas.
Porque esto es muy parecido
a estar saliendo de un manicomio
para entrar a un cementerio”.
Palabras de Jaime Sabines. Te alabamos, señor. Y en caso de un adiós por mensajería instantánea, conjura su cobardía borrándola del messenger, ignorando su Facebook y borrando su fotografía hasta del chingado iPhone.
Y no, no es mi caso. No por ahora. Sólo es una advertencia para los que se sientan desahuciados. Sólo es una guía para que la próxima vez lo pienses bien antes de enredarte en una relación malsana, en un espejismo que te quitará el sueño durante muchas madrugadas.
