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viernes, 2 de septiembre de 2011

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He visto mi reflejo en los charcos cercanos al desagüe y tuve arcadas de bilis en el lavabo y la resaca más reciente me ha estremecido cualquier mañana. Mis borracheras ya no curan nada, no resuelven mis crucigramas.

He recorrido el filo de tus abismos y el vértigo en definitiva no es solidario conmigo. He añorado de manera excesiva tus besos, pero hoy no estoy curado de las náuseas del pasado.

He caminado bajo la lluvia de agosto, anegado por pensamientos fúnebres. Y me he vestido de negro, perfeccionando mi epitafio, pero al final he sobrevivido a mis delirios más catastróficos.

He necesitado de paciencia para encontrar salidas de emergencia y he dinamitado las pruebas de mis anteriores excesos. No creo en esas tonterías de “ni ángel, ni demonio”. Yo he sido malo y he sido bueno, a secas, sin frases hechas. He estado preso, me sentí confundido, enloquecí un poco, me reconcilié conmigo mismo y aún me falta hacer las paces contigo si es que te he ofendido.

Me caí de algunos altares, decepcioné a demasiadas personas, aún estoy en deuda con otros y aún hay quienes me extienden crédito. Pero no he quebrantado códigos de honor, ni he dañado a nadie que no se lo haya merecido y mucho menos he traicionado mis principios.

Me he maldecido por no seguir los patrones establecidos y he renegado de no ser un tipo ordinario, pero nunca me he arrepentido de ser un hombre que se rige por sus propias reglas y no acepta imposiciones, ni se resigna a los lugares comunes.

He perdido apuestas sin sentido y debí pagar por errores cometidos, pero nunca he puesto en juego mi honorabilidad. Soy un pésimo apostador, la suerte no es mi mejor aliada, pero al menos el diablo no ha modificado las cláusulas de nuestro contrato. Tampoco me puedo quejar de que me hayan engañado. No hay truco posible cuando tú mismo has sembrado de minas antipersonales el sendero hacia el purgatorio.

He llegado a fronteras sin palabras de bienvenida, he acumulado polvo bajo mis viejos tenis y tengo suvenires que me recuerdan lo mucho que añoro atardeceres lejanos. Tengo un corazón a prueba de simulacros, no inflamable y sí incendiario. No creo en postulados románticos pero mi lado menos cursi a veces ni se da por enterado. Y es entonces que he sido atacado por mis flancos más débiles, esos que son invadidos por los lanceros de una mujer hermosa. Carajo debería conformar un ejército de insensibilidades para contrarrestar a los armeros de los detalles, a los arqueros de las caricias espontáneas. Uno nunca está preparado para soportar los embates de la sinceridad. Pero siempre es preferible una chica imperfecta, que una perfecta idiota.

¿Cuál hormiga soy yo de estas que piso?

¿Qué palabras en vuelo me levantan?

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